El andaba a rastras sobre el pavimento rajado, circundando entre sus aflicciones y el camino a casa que se perdía a cada paso. Sus torpes pies lo conducían a recostarse sobre el muro incitándolo a tomar un sorbo de la botella que aún conservaba algo de aparente consuelo. Su pulso temblaba a cada sorbo estrepitoso –ya no importaban las gentes ni sus reproches- el alcohol había borrado cada rastro de pudor. La sinceridad, provocada por el trago, le hacía sentirse cómodo consigo mismo; tan libre con su pena que podía hacer con ella lo que le diera la gana. Antón y su pena se recostaron sobre el muro, sumado ambos se rindieron ante la gravedad ya no importaba batallar contra ella.
Sin darse cuenta, sus ojos se apagaban, el ruido de la calle cambio por en el sonido de su pensamientos –no había más música que la que él pensaba- en cada melodía encontraba la perfecta excusa para sentirse mal hasta que la noche lo venció y estancó sus sueños en la última canción.
No hay comentarios:
Publicar un comentario