domingo, 28 de octubre de 2012

Florentino: Sábado de despedidas I


       La ruta en el colectivo se me hacía menos pesada, con el tiempo pude adaptarme a las calles y esas casas todas descuidadas que adornaban el trayecto hasta el hospital donde trabajaba Sophia. Me acostumbré a verlas desde atrás de los parpados y a pesar hacerlo me era imposible distraer en su totalidad mis oídos, el chirrido de los claxon y  motores socavaban entre las diminutas hendiduras que se dibujaban entre los auriculares y la piel tentando a la migraña.

       Sacudí la cabeza de un lado a otro tratando de recomponerme, mientras la viejecita sentada ha lado mío atendía a mi reacción. Sentí la aspereza de sus manos sobre las mías, se veía tan tierna al descubrir su mirada de preocupación, verla me hizo recordad a Mamá Berta reconfortándome. La vi detenidamente sin decir absolutamente nada y le sonreír. Pareció entender mi silencio ambos mudos esperamos hasta que finalmente bajo tres calles después, absorto no pude decirle –hasta pronto. Gracias.- No creo en los ángeles y su perfección inventada, pero si existieran serían como la viejecita del colectivo y como Mamá Berta. Mamá Berta siempre me reconfortaba cuando niño llegaba a su casa en busca de consuelo, las cosas en casa con mis padres nunca fueron del todo bien como en toda familia, supongo. Igual cada quien tiene su propio infierno y su propio cielo.

       Levante el bolso bandolera al hombro y bajé apresuradamente. Ahora fuera el bullicio se hacía más intenso, a esas alturas ya daba igual. Como de costumbre llegué media hora antes, para mi pesar serían treinta minutos de ruido citadino para un sábado de migrañas. Entré a la juguería de costumbre, vecina de farmacias y funerarias, donde el hombre alto y moreno manoseaba siempre el lunar con forma de vomito sobre el pómulo izquierdo. Al fondo se encontraba su esposa, creo que lo era. Desde el primer día que los vi: el lunar siendo excitado la señora tras la barra atada de manos a la procesadora de frutas, el intercambio de palabras sobre las cabezas de los escasos comensales y las metidas de mano cada vez que la única cabeza, que era la mía, quedaba a espaldas de la barra; confirmaron mi suposición con el paso del tiempo. Ser testigo me agradaba y me desagradaba, lo agradable era la manifestación de su amor en cada sonrisa y toqueteo; lo desagradable era tener que ver el lunar y la misma mano con la que se tocaba, pellizcar a flor de piel las nalgas prominentes de su, para nada fea, esposa quien siempre vestía con faldas sueltas y cortas.

Ese sábado no sería como los de siempre. No prestaría atención a ese par de amantes desvergonzados. La migraña empezaba a afloraba mientras esperaba a Sophia. El libro que esperaba leer nunca fue extraído del bolso bandolera y las manos volvían a sudarme por lo que me tocaba decir más tarde.

lunes, 22 de octubre de 2012

Florentino: bicefalia intransigente


      Lo siento, tal vez no deba decir nada de esto, no; no pienso decirlo pero te lo digo de todos modos del modo en que no lo oigas te hablaré con la voz más sutil e inexistente que pueda solo escuchar mi cabeza. Mientras te hablo, en mis adentros, lo único que atino es a observar y fingir que te escucho, observo tus labios hilvanar cada oración con palabras vacías que van adquiriendo sentido a cada gesticulación tuya. No  te sientas mal, hago eso cada vez que quiero fingir interés y con esto no quiero decir que no me intereses, es más hasta yo me sorprendo de poder sentir esto por ti. Uno que creía tener el corazón muerto y resulta que aun puede latir; a veces me gustaría parar esta máquina. Verte cada día confirma lo que supe la primera vez que te vi; que me gustas. Cada día compruebo que no puedo evitar reclamar tu mirada con la mía, será que no te das cuenta y es obvio, no puedo hacer nada más que eso; esbozar algunas palabras en un vano intento de arrancarte una sonrisa como vana recompensa, puedo contentarme solo con eso.

      A veces me gustaría ser de otro modo, ser ese sujeto que normalmente soy cuando mi atención no es captada por ninguna otra. Veo a todas del mismo modo, tan similares, como si se trataran de personajes de relleno que transitan las calles. A quienes uno nunca toma importancia, esos que existen en cada historia solo para  crear una atmósfera de realidad, le dan sentido pero al mismo tiempo lo carecen. Me gustaría hablarte del mismo modo y enmudezco, ahora resulto que soy como esos personajes de relleno de la película donde el único protagonista eres tú; eso está bien y, a la vez, no está bien.

      Si tan solo esa máquina dejara de latir, podría decirle a mi cerebro que deje de urdir imágenes, dejar de arrastrarme en ilusiones que lo único que hacen es crear esperanzas innecesarias. Aprendí, o quizás recién caigo en la cuenta que las ilusiones son buenas, que por ratos funcionan como un combustible inflamable que acelera todo, te hace ser el ser más supremo que a la mínima chispa explota mutilándolo todo.

      Se hace tarde, no sé cuánto tiempo pasó desde que nos sentamos el uno frente al otro. Lo siento, no puedo actuar contigo de mismo modo que hago con el resto; eso me hace dudar de quien soy;  ¿seré dos personas diferentes fluctuando el espacio? A espalda tuya soy uno y el otro sale ni bien me das la cara. El uno, el que actúa a hurtadillas, trata de arrancarse la piel del timorato pero al rato reflexiona y calla; sabe que el timorato tiene su razón de ser. Con el tiempo llegó a entender que el timorato es la expresión que avisa al ser bicéfalo, que Eilene es alguien especial. El timorato espera una respuesta única, una pequeña reacción que permita al bicéfalo ser uno mismo nuevamente.

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