La ruta en el colectivo se me hacía menos pesada, con el
tiempo pude adaptarme a las calles y esas casas todas descuidadas que adornaban
el trayecto hasta el hospital donde trabajaba Sophia. Me acostumbré a verlas
desde atrás de los parpados y a pesar hacerlo me era imposible distraer en su
totalidad mis oídos, el chirrido de los claxon y motores socavaban entre las diminutas
hendiduras que se dibujaban entre los auriculares y la piel tentando a la
migraña.
Sacudí la cabeza de un lado a otro tratando de recomponerme, mientras
la viejecita sentada ha lado mío atendía a mi reacción. Sentí la aspereza de
sus manos sobre las mías, se veía tan tierna al descubrir su mirada de
preocupación, verla me hizo recordad a Mamá Berta reconfortándome. La vi
detenidamente sin decir absolutamente nada y le sonreír. Pareció entender mi
silencio ambos mudos esperamos hasta que finalmente bajo tres calles después,
absorto no pude decirle –hasta pronto. Gracias.- No creo en los ángeles y su
perfección inventada, pero si existieran serían como la viejecita del colectivo
y como Mamá Berta. Mamá Berta siempre me reconfortaba cuando niño llegaba a su
casa en busca de consuelo, las cosas en casa con mis padres nunca fueron del
todo bien como en toda familia, supongo. Igual cada quien tiene su propio
infierno y su propio cielo.
Levante el bolso bandolera al hombro y bajé apresuradamente.
Ahora fuera el bullicio se hacía más intenso, a esas alturas ya daba igual.
Como de costumbre llegué media hora antes, para mi pesar serían treinta minutos
de ruido citadino para un sábado de migrañas. Entré a la juguería de costumbre,
vecina de farmacias y funerarias, donde el hombre alto y moreno manoseaba siempre
el lunar con forma de vomito sobre el pómulo izquierdo. Al fondo se encontraba
su esposa, creo que lo era. Desde el primer día que los vi: el lunar siendo
excitado la señora tras la barra atada de manos a la procesadora de frutas, el
intercambio de palabras sobre las cabezas de los escasos comensales y las
metidas de mano cada vez que la única cabeza, que era la mía, quedaba a
espaldas de la barra; confirmaron mi suposición con el paso del tiempo. Ser
testigo me agradaba y me desagradaba, lo agradable era la manifestación de su
amor en cada sonrisa y toqueteo; lo desagradable era tener que ver el lunar y
la misma mano con la que se tocaba, pellizcar a flor de piel las nalgas
prominentes de su, para nada fea, esposa quien siempre vestía con faldas
sueltas y cortas.
Ese sábado no sería como los de siempre. No prestaría
atención a ese par de amantes desvergonzados. La migraña empezaba a afloraba
mientras esperaba a Sophia. El libro que esperaba leer nunca fue extraído del
bolso bandolera y las manos volvían a sudarme por lo que me tocaba decir más
tarde.