domingo, 3 de noviembre de 2013

Florentino: Apreciaciones sobre la soledad.

     Y son esos días en lo que te levantas de la cama con una sola palabra en la cabeza, una sola palabra que acarrea muchas ideas con diferentes trasfondos, y no sabría cual corresponde a este día; solo sé que es uno de esos días en los que mi cabeza debería dejar de exigirme esa necesidad que deje vedada en la esquina más recóndita, ahí donde se acumula el polvo ese lugar que olvido siempre limpiar. Tomé el paquete de cigarros que reposaba en la mesa y al ponerme el pucho entre los labios me invadió una sensación de malestar. Supuestamente el paquete de “Winston” reposaba a modo de pisapapeles como un objeto que me recordaba dejar de fumar, tener la tentación a la vista y no tocarla presuponía una victoria contra mi humanidad; hoy después de muchos meses me tocó perder.

    Aún acostado y con el pucho humeando entre mis dedos, solté una calada ahogada y pensante reflexioné sobre el asunto en cuestión tratando de encontrar la motivación de tan insomne sensación, buscando el más ínfimo detalle. Todo tiene un porque, una razón; siempre una causa efecto que lo define todo desde la existencia del universo hasta la vida misma del hombre, sus pesares, sus fortunas y sobre todo la soledad.

    No hablo de la soledad del ermitaño, ni de la soledad de quien está lejos de la familia y amigos; sino de esa soledad que uno siente cuando aprende el significado de amar a una persona ajena y todo lo que deriva: el abrazo que gana un nuevo significado, la sonrisa dilatadora de todo pesar, la mirada de quien te hace ser otra persona, pues con ella descubres un nuevo ser en ti y te acostumbras a ese ser que descubre a otro ser cuando esa persona que dejó de ser ajena se convierte en un adiós indefinido. Después de todo esto lo único que nos queda es adaptarnos a nuestra nueva condición.

    Pude voltear la mirada y ver hacia otro lado, pero hay circunstancias que se escapan de las manos, podemos llamarlas casualidades que se yo, son sucesos en la vida que no puedes evitar, como el nacimiento de un nuevo ser; no puedes negarle la vida, pues tienes una convicción que esta sociedad no te pudo arrancar. Y es cuando entraste a escena en un escenario que había dejado olvidado; ahora es cuando no se que hacer con mi soledad.

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lunes, 17 de diciembre de 2012

4:18 A.M.


Escucho esas voces diciéndome, cada quien vociferando argumentos válidos, y solo dos de ellas llama mi atención; esa que me dice vete acuéstate tal vez sueñes con ella no te aseguro nada pero es una esperanza que te regale ese descanso del cual ya perdiste rastro. Y otra a lo lejos grita, impertérrita, absolutamente nada pero igual sientes que ese silencio te dice algo que no sabes cómo transmitir, pero sabes que significa algo, te invita a no cerrar los párpados que claman descanso; y le haces caso dando lugar al insomnio.
               Hola cabeza.
               Hora razón.
               Hola sueño perdido
               bienvenido descanso que me fue negado
               ¿Te veré alguna vez cuando la séptima trompeta sea tronada?
               Tal vez ni te escuche retumbarme la sien.
               Espero que al menos la despedida sea disparada al aire.

El último cigarrillo se consume y mi paladar reclama más humo insano, los dedos bailan al son de quien no quiere ser escuchado y termina en un cansancio descomunal que apaga mi cuerpo más no mi razón.
Buenas noches o lo que quede de este día que no acaba.

domingo, 28 de octubre de 2012

Florentino: Sábado de despedidas I


       La ruta en el colectivo se me hacía menos pesada, con el tiempo pude adaptarme a las calles y esas casas todas descuidadas que adornaban el trayecto hasta el hospital donde trabajaba Sophia. Me acostumbré a verlas desde atrás de los parpados y a pesar hacerlo me era imposible distraer en su totalidad mis oídos, el chirrido de los claxon y  motores socavaban entre las diminutas hendiduras que se dibujaban entre los auriculares y la piel tentando a la migraña.

       Sacudí la cabeza de un lado a otro tratando de recomponerme, mientras la viejecita sentada ha lado mío atendía a mi reacción. Sentí la aspereza de sus manos sobre las mías, se veía tan tierna al descubrir su mirada de preocupación, verla me hizo recordad a Mamá Berta reconfortándome. La vi detenidamente sin decir absolutamente nada y le sonreír. Pareció entender mi silencio ambos mudos esperamos hasta que finalmente bajo tres calles después, absorto no pude decirle –hasta pronto. Gracias.- No creo en los ángeles y su perfección inventada, pero si existieran serían como la viejecita del colectivo y como Mamá Berta. Mamá Berta siempre me reconfortaba cuando niño llegaba a su casa en busca de consuelo, las cosas en casa con mis padres nunca fueron del todo bien como en toda familia, supongo. Igual cada quien tiene su propio infierno y su propio cielo.

       Levante el bolso bandolera al hombro y bajé apresuradamente. Ahora fuera el bullicio se hacía más intenso, a esas alturas ya daba igual. Como de costumbre llegué media hora antes, para mi pesar serían treinta minutos de ruido citadino para un sábado de migrañas. Entré a la juguería de costumbre, vecina de farmacias y funerarias, donde el hombre alto y moreno manoseaba siempre el lunar con forma de vomito sobre el pómulo izquierdo. Al fondo se encontraba su esposa, creo que lo era. Desde el primer día que los vi: el lunar siendo excitado la señora tras la barra atada de manos a la procesadora de frutas, el intercambio de palabras sobre las cabezas de los escasos comensales y las metidas de mano cada vez que la única cabeza, que era la mía, quedaba a espaldas de la barra; confirmaron mi suposición con el paso del tiempo. Ser testigo me agradaba y me desagradaba, lo agradable era la manifestación de su amor en cada sonrisa y toqueteo; lo desagradable era tener que ver el lunar y la misma mano con la que se tocaba, pellizcar a flor de piel las nalgas prominentes de su, para nada fea, esposa quien siempre vestía con faldas sueltas y cortas.

Ese sábado no sería como los de siempre. No prestaría atención a ese par de amantes desvergonzados. La migraña empezaba a afloraba mientras esperaba a Sophia. El libro que esperaba leer nunca fue extraído del bolso bandolera y las manos volvían a sudarme por lo que me tocaba decir más tarde.

lunes, 22 de octubre de 2012

Florentino: bicefalia intransigente


      Lo siento, tal vez no deba decir nada de esto, no; no pienso decirlo pero te lo digo de todos modos del modo en que no lo oigas te hablaré con la voz más sutil e inexistente que pueda solo escuchar mi cabeza. Mientras te hablo, en mis adentros, lo único que atino es a observar y fingir que te escucho, observo tus labios hilvanar cada oración con palabras vacías que van adquiriendo sentido a cada gesticulación tuya. No  te sientas mal, hago eso cada vez que quiero fingir interés y con esto no quiero decir que no me intereses, es más hasta yo me sorprendo de poder sentir esto por ti. Uno que creía tener el corazón muerto y resulta que aun puede latir; a veces me gustaría parar esta máquina. Verte cada día confirma lo que supe la primera vez que te vi; que me gustas. Cada día compruebo que no puedo evitar reclamar tu mirada con la mía, será que no te das cuenta y es obvio, no puedo hacer nada más que eso; esbozar algunas palabras en un vano intento de arrancarte una sonrisa como vana recompensa, puedo contentarme solo con eso.

      A veces me gustaría ser de otro modo, ser ese sujeto que normalmente soy cuando mi atención no es captada por ninguna otra. Veo a todas del mismo modo, tan similares, como si se trataran de personajes de relleno que transitan las calles. A quienes uno nunca toma importancia, esos que existen en cada historia solo para  crear una atmósfera de realidad, le dan sentido pero al mismo tiempo lo carecen. Me gustaría hablarte del mismo modo y enmudezco, ahora resulto que soy como esos personajes de relleno de la película donde el único protagonista eres tú; eso está bien y, a la vez, no está bien.

      Si tan solo esa máquina dejara de latir, podría decirle a mi cerebro que deje de urdir imágenes, dejar de arrastrarme en ilusiones que lo único que hacen es crear esperanzas innecesarias. Aprendí, o quizás recién caigo en la cuenta que las ilusiones son buenas, que por ratos funcionan como un combustible inflamable que acelera todo, te hace ser el ser más supremo que a la mínima chispa explota mutilándolo todo.

      Se hace tarde, no sé cuánto tiempo pasó desde que nos sentamos el uno frente al otro. Lo siento, no puedo actuar contigo de mismo modo que hago con el resto; eso me hace dudar de quien soy;  ¿seré dos personas diferentes fluctuando el espacio? A espalda tuya soy uno y el otro sale ni bien me das la cara. El uno, el que actúa a hurtadillas, trata de arrancarse la piel del timorato pero al rato reflexiona y calla; sabe que el timorato tiene su razón de ser. Con el tiempo llegó a entender que el timorato es la expresión que avisa al ser bicéfalo, que Eilene es alguien especial. El timorato espera una respuesta única, una pequeña reacción que permita al bicéfalo ser uno mismo nuevamente.

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lunes, 3 de septiembre de 2012

Agradecimientos.

Si. A veces me pierdo en mil cavilaciones; admito que es culpa mía dudar de las imágenes; y aún así, no puedo dejar de caer en sus artimañas. El desencanto llegó al rato cuando escupiste realidad tras tu ausencia. Al final, el retrato que dibujaste se difuminó, quedando solo las palabras y tus acciones. Entre las malas y buenas experiencias; hoy, después de todo, solo me queda agradecerte; porque hasta de lo malo se pueden sacar buenas cosas.

miércoles, 15 de agosto de 2012

15.

Busca bajo la almohada;
en el hábitat natural del sueño
que aún yace perdido.
Ya olvidó el peso de tu cabeza
se evaporó en mil jadeos extraños.
Miles de voces diferentes y
ningún suena a tus gemidos.

jueves, 28 de junio de 2012

Florentino escribiéndole a la nada.


La necedad de las memorias atosigan los días que se auguran tranquilos. La afirmación de que todo ha concluido es más efímera cada vez que su rostro atraviesa  la trinchera precaria que instalé para hacer más liviano este peso.

Me siento tranquilo al aceptar, que ella baila en otros bares. No la veré más pasar por esa pasarela rodeada de luces que llaman al sexo. Es extraño no irme a declive mientras otros disfrutan verla sonreír y acariciar esos cabellos tendidos al viento. Mientras en el fondo controlo a ese demonio que trata de salir corriendo hacía esas tierras lejanas donde ella pretendía esperarme; sellada en una promesa que solo quedó en palabras.

A veces le tengo envidia por entregar su amor así, sin más, a cualquiera. La conozco mejor que ellos, pues me tome el tiempo de hacerlo, y me peso por ello. Sé que será feliz con cualquier persona que le ofrezca un hombro en el cual llorar. Mientras ella pueda sonreír y bailar todo andará bien.

Si. Aún no la olvido; pero también por ratos ni me acuerdo de su rostro y así será hasta que solo quede como una mera anécdota más que quizás no será contada.