Eran las diecinueve horas cuando me dispuse a dar por
terminada una jornada más en mi proceso
de búsqueda de empleo. Con los pies cansados de tanto caminar, la mochila al
hombro, la víspera de una gripe y un libro a medio terminar me dispuse a tomar
el Subte rumbo a “la Rural” donde se festejaba la “treinta y ochoava Feria del Libro de
Buenos Aires”. Me encontraba caminando por la “Diagonal Norte” con la intención
de no fallar en tomar el Subte del lado correcto; pero como siempre mi
distracción pudo más y falle en el primer intento «esto suele pasar siempre que
ando con la cabeza en otro lado. Convengamos que siempre es así». Para salir de
mi duda, ya dentro de la estación y después de haber pagado dos pesos y cinco centavos (una
violación a mi paupérrima economía), me acerqué a una chica que portaba unos
lentes algo inusuales modelo “nikita”. Vestía una pollera negra estampada de
flores fucsia, un polo de tiras que marcaban su grácil figura, un par de
botines de cuero que le calzaban perfectamente y un morral de lo más curioso
todo hecho de harapos.
-Hola. Disculpa te puedo hacer una pregunta.-
-Si. Decime- Respondió sin despegar la mirada del libro.
-¿sabes si este subte va para “Congreso Tucumán”?- Le
pregunté algo nervioso
.
-Si. Pero ahora que lo dices…- levantó la mirada hacia uno
de los letreros de la estación y soltando una leve sonrisa me dijo.- creo que
vos y yo nos hemos equivocado de lado. Tenemos que salir y cruzar hacia otro lado de la estación.
-Bueno gracias- me di media vuelta hacia la salida del subte
hasta que ella me detuvo del brazo de manera súbita «¿Esta chica está loca?» pensé
«será que debo llevar un cartel que diga
“quiero estar solo”».
-Hey, espera vamos juntos- dijo posando sus ojos en el
libro que llevaba en mano.- ¿vas a la feria del libro, no?
Me detuve y le respondí
de la mejor manera posible.- ¿se nota?- Ella me miro extrañada colocándose a mi
lado, quizás algo contrariada de seguirle el paso a un desconocido cuya primera
impresión era la de antipatía.
Aún no entiendo él porque de esta escena particular. Éramos
dos seres totalmente desconocidos que se encontraron por causa de sus pasos
distraídos. Íbamos caminando mientras el silencio llenaba los pocos espacios
dentro de la extraña maraña llamada casualidad. La calle transpiraba su último
día de calor Bonaerense mientras los últimos atisbos de luz natural se perdían
al oeste acariciando el frío concreto de los edificios. Los pasos de las gentes
se rompían como olas ante los pasos de dos perfectos desconocidos que solo
atinaban a caminar en silencio.
Guardé el libro en la mochila y de paso saqué la cajetilla
de cigarrillo. Paré un rato para ver la reacción de mi inesperada acompañante;
pensé que no se detendría y para sorpresa mía se detuvo. Me acerqué de un paso y
le alcancé la cajetilla de “Philip Morris” y al instante que asomaba el cigarro
a la boca se inclinó brevemente hacia el fuego que había preparado con
antelación. Ambos, cigarrillos en mano, nos detuvimos a la entrada de la estación
sin pronunciar palabra alguna intercambiamos miradas tímidas sin saber qué
decir; hasta que sin darme cuenta y por iniciativa empecé a romper la barrera
que había establecido minutos atrás.
-Perdón por lo de hace un rato -le dije apenado-. Los días
malos siempre hacen con uno lo que se les venga en gana ¿no crees?
-¡Pero miren! y yo
que pensé que eras un total hijo de puta -soltó una leve sonrisa y al mismo
tiempo calaba del cigarrillo. Luego de tres segundos me soltó una bocanada
directa al rostro-. Y si, todo el mundo tiene malos días y justo hoy me vengo a
topar precisamente con uno -en ese instante ya empezaba a agradarme.
-Que forma tan peculiar de decir las cosas- le dije con
tono socarrón- ¿sueles conocer a la gente de esta manera? o es que careces de
sentido común -le espeté-. ¿Cómo puedes andar tranquila a mi lado si desde un
comienzo sentiste mi apatía. A primera vista aparento ser un perturbado ¿No ves
las fachas en las que ando? Y sin mencionar esta gripe del mal.
-Que te parece si vamos por donde hay mucha gente y así me
das oportunidad a gritar; si es que tratas de hacerme algo -terminó de darle
la última calada al cigarrillo y señalando con la mirada la puerta del subte;
nos dirigimos hasta la feria.
Hasta ese rato ni se me había pasado por la cabeza
preguntarle su nombre. No imaginaba que conocer a alguien de forma tan abrupta
sería tan agradable; pero una cosa si era evidente: ese día me di cuenta que no
quería estar solo.
(Continuará)