Pocas son las palabras para describir sensaciones, entonces, convierte las sensaciones en un grupo de palabras que transmitan algo.
lunes, 23 de abril de 2012
13.
miércoles, 18 de abril de 2012
12.
Creo en Dios,
no...
Creí en Dios.
Ante el seno de la familia que todo lo enseña.
Eran las mañanas de la temprana inocencia
atravesando el portal de mercachifles;
donde alguna vez el hijo del hombre no los quiso volver a ver.
Creí en Dios.
Creí en la voz del abate adornado en oro;
en su discurso moralejo regodeo de cucufatas.
Todos mudos exaltando el sacrificio del hijo
justificando sus faltas en el confesionario.
Aún infante, así,
creí en Dios.
miércoles, 11 de abril de 2012
Erase una vez Jhon
Jhon deseaba terminar la carrera de Leyes, para luego trabajar, ser exitoso, tener la mujer perfecta y rodearse de mas lujos de los que había nacido. Todo esto era su ideal de perfecta felicidad.
En el estudio le fue relativamente bien, el trabajo lo obtuvo gracias al rose social de la familia, el éxito lo tuvo del apellido, la mujer perfecta lo complementaba en el éxito y los lujos luego le parecieron insuficientes pues siempre había cosas nuevas por obtener y aparentar.
Jhon quiso la felicidad y nunca le fue suficiente.
"..." (El día de los convalecientes)
Al abrir los ojos se encontró con el blanco y gélido olor a hospital. Tenía la boca seca y amarga que le impedían pronunciar palabra alguna. Antón, instintivamente giro la cabeza a ambos lados solo para encontrarse con las camas vacías (aparentaba ser un fin de semana tranquilo). Las sábanas meadas le provocaban un escozor insoportable en la entrepierna. Los músculos torpes y amoratados no le dejaban adoptar una mejor posición y mucho menos rascarse el miembro; convirtiendo cada intento de movimiento en gestos dolorosos. De la nada le vino a la memoria las palizas que su viejo le propinaba cuando empezó a rondar la pubertad. El dolor del día siguiente de aquellas palizas se asemejaba a la de ahora con la única diferencia de que en esta paliza no hubo humillación verbal que suele ser más dolorosa que los golpes; sobre todo si son las de alguien que te ama. Sacudió la cabeza con lo que le quedaba de fuerza en un intento por guardar esos recuerdos; estaban de sobra para este día que aún carecía de entendimiento alguno.
«¡Donde demonios se encuentra la enfermera cuando se le necesita!», pensó fastidiado.«Agua necesito agua. Necesito saliva para gritar… ¡Ah! Nunca más vuelvo a tomar de esta manera… ¿Pero a quién miento? Siempre digo lo mismo después de una borrachera». Al instante pensó en su mamá que de seguro estaría preocupada. «Necesito hablar con mi vieja debe estar llamándome al celular». Hizo una pausa en su cabeza tratando de ordenar las ideas «Aunque, pensándolo mejor, esperaré a salir de esta cama. ¡Mierda, qué asco… huelo a meado! ¿y qué puto hospital es este? Se ve tan tétrico.»
Las paredes presentaban rajaduras por las esquinas superiores y a la mitad de estas las baldosas denotaban su falta de cuidado algo muy común en los hospitales públicos. Trato de incorporarse cuidando de no mover la vía de suero para alcanzar la campana que se encontraba en la mesa de noche; pero le fue imposible de coger. Con un poco de esfuerzo logró descubrir la sabana fijando al acto la mirada en los brazos y piernas. Lo que vio no le presento ninguna asombro pues ya imaginaba como debía de estar el resto de su cuerpo. Hasta ese entonces lo único intacto parecía ser la cabeza. En un intento por recordar miro el techo, como solía hacer antes de cada exposición en la universidad, tratando de hacer memoria sobre lo sucedido antes de llegar a su condición actual.
Pasaron diez minutos sin llegar a alguna conclusión. Los parpados se le cerraban cansados a causa del intenso blanco del techo provocando que Antón virara la cabeza hacia la puerta del cuarto que se encontraba al lado derecho de la cama contigua. Antes de quedarse profundamente dormido vio que entraba un grupo de enfermeras todas de celeste trasladando a un nuevo paciente. Estaban acompañadas por un par de médicos que las observaban y les daban indicaciones mientras Antón inmutable se entregaba al sueño. Aun no tenía idea de lo que verían sus ojos al despertar.
lunes, 9 de abril de 2012
Aún...
Y que soy yo sin un tú:
solo una mirada al espacio…
Una búsqueda del cuerpo desterrado.
La imagen en tus memorias,
del imborrable deseo que perdura
aún después del adiós.
Palpitaras todas las noches,
¡Ángel mío!
Aún no tire todo por la borda.
Recordaras mis letras en tus pupilas.
Mi saliva grabada en tus labios
será mi respuesta
hasta el día en que sientas mi perfume
en tu almohada.
sábado, 7 de abril de 2012
",,," (El sueño)
El sueño
Estaba de pie mirándola sobre la cama alborotada. Las sábanas se mezclaban con la grácil figura que remarcaba sus partes desnudas llamando al tacto a acariciarla; se contuvo de hacerlo. Encendió un cigarrillo y trazo su figura con el humo, mientras ella se contorneaba por el olor del tabaco, aún así siguió dormida… mientras él dominaba su libido para contemplarla. No había más razón que la de observarla y amarla en la quietud de su figura.
De pronto la mirada que yacía durmiente lo abrazo en un sutil saludo. La sonrisa dibujada se apago en un pequeño beso acariciado y su voz retumbo en un “te extraño” acompañado de su desnudez. La sujeto entre sus brazos mientras besaba su frente, pensando para sí mismo –no te desvanezcas tengo tantas cosas que decirte y mucho que contarte- pero las palabras nunca fueron pronunciadas; el silenció se impuso impertérrito contra la voz. Y el cuerpo se difumino en la silueta danzarina, diluyente y desesperante. La voz perdió la batalla y el despertar hizo su intromisión inesperada sin dejarle susurrar ni un “te sigo amando”.
miércoles, 4 de abril de 2012
",,," (El paso del ebrio)
El andaba a rastras sobre el pavimento rajado, circundando entre sus aflicciones y el camino a casa que se perdía a cada paso. Sus torpes pies lo conducían a recostarse sobre el muro incitándolo a tomar un sorbo de la botella que aún conservaba algo de aparente consuelo. Su pulso temblaba a cada sorbo estrepitoso –ya no importaban las gentes ni sus reproches- el alcohol había borrado cada rastro de pudor. La sinceridad, provocada por el trago, le hacía sentirse cómodo consigo mismo; tan libre con su pena que podía hacer con ella lo que le diera la gana. Antón y su pena se recostaron sobre el muro, sumado ambos se rindieron ante la gravedad ya no importaba batallar contra ella.
Sin darse cuenta, sus ojos se apagaban, el ruido de la calle cambio por en el sonido de su pensamientos –no había más música que la que él pensaba- en cada melodía encontraba la perfecta excusa para sentirse mal hasta que la noche lo venció y estancó sus sueños en la última canción.