miércoles, 11 de abril de 2012

"..." (El día de los convalecientes)

Al abrir los ojos se encontró con el blanco y gélido olor a hospital. Tenía la boca seca y amarga que le impedían pronunciar palabra alguna. Antón, instintivamente giro la cabeza a ambos lados solo para encontrarse con las camas vacías (aparentaba ser un fin de semana tranquilo). Las sábanas meadas le provocaban un escozor insoportable en la entrepierna. Los músculos torpes y amoratados no le dejaban adoptar una mejor posición y mucho menos rascarse el miembro; convirtiendo cada intento de movimiento en gestos dolorosos. De la nada le vino a la memoria las palizas que su viejo le propinaba cuando empezó a rondar la pubertad. El dolor del día siguiente de aquellas palizas se asemejaba a la de ahora con la única diferencia de que en esta paliza no hubo humillación verbal que suele ser más dolorosa que los golpes; sobre todo si son las de alguien que te ama. Sacudió la cabeza con lo que le quedaba de fuerza en un intento por guardar esos recuerdos; estaban de sobra para este día que aún carecía de entendimiento alguno.

«¡Donde demonios se encuentra la enfermera cuando se le necesita!», pensó fastidiado.«Agua necesito agua. Necesito saliva para gritar… ¡Ah! Nunca más vuelvo a tomar de esta manera… ¿Pero a quién miento? Siempre digo lo mismo después de una borrachera». Al instante pensó en su mamá que de seguro estaría preocupada. «Necesito hablar con mi vieja debe estar llamándome al celular». Hizo una pausa en su cabeza tratando de ordenar las ideas «Aunque, pensándolo mejor, esperaré a salir de esta cama. ¡Mierda, qué asco… huelo a meado! ¿y qué puto hospital es este? Se ve tan tétrico.»

Las paredes presentaban rajaduras por las esquinas superiores y a la mitad de estas las baldosas denotaban su falta de cuidado algo muy común en los hospitales públicos. Trato de incorporarse cuidando de no mover la vía de suero para alcanzar la campana que se encontraba en la mesa de noche; pero le fue imposible de coger. Con un poco de esfuerzo logró descubrir la sabana fijando al acto la mirada en los brazos y piernas. Lo que vio no le presento ninguna asombro pues ya imaginaba como debía de estar el resto de su cuerpo. Hasta ese entonces lo único intacto parecía ser la cabeza. En un intento por recordar miro el techo, como solía hacer antes de cada exposición en la universidad, tratando de hacer memoria sobre lo sucedido antes de llegar a su condición actual.

Pasaron diez minutos sin llegar a alguna conclusión. Los parpados se le cerraban cansados a causa del intenso blanco del techo provocando que Antón virara la cabeza hacia la puerta del cuarto que se encontraba al lado derecho de la cama contigua. Antes de quedarse profundamente dormido vio que entraba un grupo de enfermeras todas de celeste trasladando a un nuevo paciente. Estaban acompañadas por un par de médicos que las observaban y les daban indicaciones mientras Antón inmutable se entregaba al sueño. Aun no tenía idea de lo que verían sus ojos al despertar.

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